Juan anunciaba: «Pronto viene alguien que es superior a mí, tan superior que ni siquiera soy digno de inclinarme como un esclavo y desatarle las correas de sus sandalias. (Evangelio según San Marcos 1:7)
Al comienzo, Juan el Bautista tuvo lo que se podría llamar un «ministerio exitoso». Nos cuenta el evangelista que toda la gente de Judea, incluidos los habitantes de Jerusalén, salían a verlo y escucharlo. Muchos se bautizaban. Bien habría podido formar su «propia congregación». Pero Juan tenía claras dos cosas: 1. Su misión (anunciar a Quien venía); 2. Su posición (tan superior a mi…).
Estas dos certezas que tenía Juan el Bautista lo mantuvieron enfocado para que, más adelante, pudiera soportar el aparente revés en su ministerio: muchos se fueron tras Jesús (el mismo Juan los impulsó a eso), muchos lo abandonaron, y finalmente fue hecho prisionero y asesinado. Juan entendió que no era indispensable en la Obra de Dios, que el Único que lo es es Cristo.
¿Qué tan claro tenemos que Jesús es el Señor y centro de nuestra tarea en la Iglesia? ¿Tenemos claras nuestra misión y posición dentro del Cuerpo de Cristo?
